La invasión árabe
Ésta es la historia de una gran pueblo de oriente que vino a occidente y creó en él a lo largo de ocho siglos de dominio y convivencia el primer foco de cultura de la Edad Media europea. Tal vez hoy muchos de nosotros oigamos hablar de los musulmanes y tengamos en nuestra mente la idea de algo muy remoto.
Y, sin embargo, los musulmanes están ahí, a la vuelta de la esquina del tiempo. Forman, con lo que nos dejaron, un sustrato fundamental del pueblo español. Son en gran parte el propio pasado del pueblo español. Un pasado que pervive en la lengua , en las costumbres, en el arte y en el mismo modo de ser de los españoles. Veamos quién fueron los musulmanes, de dónde venían, qué buscaban y qué encontraron más allá de las columnas de Hércules, dentro mismo del gran zaguán de Europa.
1. La llegada de los árabes a la Península Ibérica
Son los primeros años del siglo VIII. En una España precariamente unida, el gobierno de los visigodos está desmembrado por las luchas internas entre los tres hijos del difunto rey Witiza y el duque de la Bética, Rodrigo, elevado al trono por los nobles que desean mano firme en los asuntos del estado y un rey que conserve la unidad nacional.
España está absolutamente dividida y Toledo, la capital del reino, es sede de intrigas y conjuras. Los que ven en peligro su victoria no dudan en cruzar el estrecho y pedir allá en las costas de África la ayuda que necesitan para desplazar al que creen un usurpador. Pero, ¿quiénes están al otro lado del estrecho? Son unos hombres nuevos que venidos desde Oriente cumpliendo la Guerra Santa que proclamó su profeta Mahoma, se han abierto paso desde los desiertos de Arabia y en menos de noventa años han conquistado todo el norte africano y sólo esperan la ocasión para saltar el pequeño paso que les separa de Europa. Ahora la ocasión ha llegado. España es campo abonado para la invasión aunque los poetas prefirieran crear una leyenda romántica centrada en las viejas callejuelas de la capital visigoda, Toledo.
"De la pérdida de España fue aquí funesto principio
una mujer sin ventura, un hombre de amor rendido
Si duermes, rey don Rodrigo, despierta por cortesía
y verás tus malos hados, tu peor postrimería
y verás tus gentes muertas y tu batalla rompida,
y tus villas y ciudades destruidas en un día.
Si me pides quién lo ha hecho yo muy bien te lo diría,
Ese conde don Julián por amores de su hija
Porque se la deshonraste y más de ella no tenía."
El 28 de abril del año 711 desembarca el general Tarik ben Ziyad al frente de 12.000 hombres en un lugar de la costa española que desde entonces tomaría el nombre de quien la conquistó, Ibn el Tarik, Gibraltar.
Con él vienen los hijos de Witiza y buen número de nobles disconformes, entre ellos el conde Olbán, el don Julián de los romances cristianos. Todos ellos creen aún firmemente que la invasión árabe sólo tiene por objeto restaurarles en el poder.
El rey Rodrigo acude a enfrentarse con los invasores. El escenario de la batalla fue la hoy desecada laguna de La Janda. Y las crónicas árabes relatan así la jornada.
"Encontráronse Rodrigo y Tarik en un lugar llamado el lago y pelearon encarnizadamente más las alas derecha e izquierda, al mando de los hijos de Gaitiza, dieron a huir y aunque el centro resistió algún tanto, al cabo, Rodrigo fue también derrotado y los muslimes hicieron una gran matanza en los enemigos. Rodrigo desapareció sin que se supiese lo que le había acontecido pues los musulmanes encontraron solamente su caballo blanco que había caído en un lodazal y el cristiano que había caído con él, al sacar el pie, se había dejado el botín en el lodo. Sólo Alá sabe lo que le pasó pues no se tuvo nunca noticia de él ni se le encontró vivo ni muerto"
2. La rápida conquista
La victoria musulmana de La Janda ha dejado a España a merced de sus invasores y la conquista a partir de aquella jornada es casi un paseo militar. El ejército musulmán se divide en tres cuerpos. El primero sigue la conquista hacia las comarcas de Málaga y Granada. El segundo, al mando del propio Tarik, se interna hacia la meseta para conquistar la capital visigoda. Toledo, abandonada ya por sus habitantes cristianos, no ofrece ninguna resistencia y los musulmanes la toman y confían a witizianos y judíos el gobierno provisional de la ciudad. El tercer cuerpo de ejército sitia Córdoba y la ocupa tras una breve resistencia de sus habitantes.
Con aquella conquista casi todas las plazas principales del sur de la península quedan en manos de los árabes. La cabeza de puente está firmemente establecida. Pero la Guerra Santa no es sólo una guera de conquista: la religión marcha íntimamente ligada al avance de los ejércitos. El sur de España comienza a poblarse de mezquitas. Muchas de ellas no son sino adaptación precipitada de templos cristianos. Los árabes, en ese momento, no sienten ninguna necesidad de crear. Se utilizan los materiales más a mano para elevar los minaretes. Arcos de herraduras, creados por los visigodos sirven para enjambar los ventanucos de las torres. Columnas bizantinas sirven de pilastras. Basta una altura que domine las ciudades para que la voz del almuecín pueda llamar a los fieles en las horas de la oración. El aspecto del sur de la península va cambiando. Ahora comienza a ser ya una prolongación del lejano oriente abandonado cien años antes en pos de la expansión política y religiosa.
En junio del año 712 el emir de Marruecos, Muza nen Noseir, desembarca en la región de Algeciras con 18.000 hombres que vienen a consolidar la conquista. Ha pasado apenas un año y los mismos visigodos que facilitaron la invasión se han dado cuenta de que las intenciones de los árabes van mucho más allá de una ayuda momentánea para restablecer a los disidentes en el poder. Las ciudades cierran las puertas de sus murallas y ofrecen una resistencia encarnizada cuando ya es tarde. Sevilla se defiende durante un mes heroico y es entregada por desavenencias internas de sus habitantes. Mérida resiste seis meses de asedio y es tomada por asalto. Orihuela logra pactar gracias a una estratagema.
"Fueron después a Tozmir, cuyo verdadero nombre era Orihuela y se llamaría Tozmir del nombre de sus señor, el cual salió al encuentro de los musulmanes con un ejército numeroso que combatió flojamente, siendo derrotado en campo raso. Los pocos que pudieron escapar huyeron a Orihuela donde no tenía gente de armas ni medios de defensa. Pero su jefe, Tozmir, al ver que no era posible la resistencia con las pocas tropas que tenía, ordenó que las mujeres dejasen sueltos sus cabellos, les dio cañas y las colocó sobre la muralla de tal forma que pareciesen un ejército hasta que él hiciese las paces."
3. La colonización
Los musulmanes han conquistado lo que más ansiaban: las tierras fértiles y el agua. El contraste con la tierra seca de sus desiertos africanos inspirará a sus poetas y creará la lírica de aquella región que quedaría bautizada con el nombre de Al-Ándalus.
"Oh, Dios, qué bello corría el río en su lecho, más apetecible para abrevarse en él que los labios de una bella, curvado como una pulsera, rodeado por las flores como por una vía láctea".
"Mira el campo sembrado donde las mieses parecen al inclinarse ante el viento escuadrones de caballería que huyen derrotados, sangrando por las heridas de las amapolas"
Las tierras de Al-Ándalus son fértiles si se las cuida. Y los olivos son ya entonces, según las crónicas, tan espesos que el sol apenas se filtra por ellos. La producción permite exportar el sobrante por toda la cuenca mediterránea. Sí, la tierra de Al-Ándalus es fértil y merece cualquier sacrificio, merece ser defendida de los lejanos focos de resistencia cristiana que han surgido, pequeños pero invencibles en las ásperas montañas del norte.
Al-Ándalus comienza a poblarse de castillos. Su silueta se vuelve un factor inalterado del paisaje andaluz. Los más grandes son a la vez centros urbanos y constituyen auténticas plazas fuertes que dominana la llanura fértil que cabe bajo su protección.
Llevaban el nombre de cala y aún hoy muchas ciudades de España conservan ese nombre más o menos alterado en recuerdo de las fortalezas que son ya sólo un montón deforme de ruinas que apenas sí resaltan su forma chata sobre las colinas.
Calatayud, Calamocha, Calatañazor. Las ciudades se rodearon de murallas y muchas de estas defensas no fueron sino una adaptación de las antiguas fortificaciones romanas. Bastaba orientar debidamente las entradas según la costumbre árabe y sustituir por ladrillo y argamasa las zonas derribadas que antes estuvieron construidas con bloques de cantería. Para los musulmanes, aquella aparente endeblez de muros y construcciones tenía un significado casi religioso puesto que mostraban lo efímero de las construcciones humanas frente a la grandeza de la obra de Dios. Pero ladrillo, madera y yeso, sus materiales favoritos, marcarán la impronta de un estilo que habrá de conservarse como base de la gran arquitectura española de siglos posteriores.
Así, ciudades muradas, alcazabas y castillos quedaron como una siembra de fuerza que se extendió desde las lejanas tierras fronterizas con los cristianos hasta las orillas azules del Mediterráneo. En principio, estas fortalezas fueron apenas un baluarte defensivo; en siglos posteriores se embellecerían y lograrían convertirse en auténticos palacios donde la defensa alternaría su dura silueta guerrera con imágenes de belleza y de bienestar. Pero los primeros años de la conquista musulmana fueron tiempos duros y anárquicos. Los invasores dependían en los político y lo religiosos de los califas omeyas de Damasco. España, Al-Ándalus, estaba ocupada por árabes aventureros y beréberes semisalvajes de las montañas africanas, discípulos oportunistas de la fe de quienes les habían conquistado, faltos de organización efectiva perdían su poder a fuerza de disensiones internas. Los emires se sucedían violentamente y ninguno de ellos logró conservar el poder el tiempo suficiente para sostener en régimen de paz las tierras, los campos y el mar. Las expediciones guerreras, cada vez més lejanas, terminaban en simples algaras o lo que comenzaba a ser peor, en peligrosas derrotas.
4. Abd-al-Rahman I
Era necesario algo más que la fuerza impetuosa de la invasión para mantener unidos los territorios conquistados de Al-Ándalus. Era necesario un milagro. Y el milagro se produjo. Cuarenta y cuatro años apenas después de iniciarse la invasión musulmana desembarcaba en la playa de Almuñécar, un fugitivo de Damasco. Su familia, la de los califas omeyas, había sido aniquilada por una revolución que encumbró a la familia rival de los abbasíes, y él Abd al-Rahman Boabdil, apenas un muchacho, era casi el único superviviente de la dinastía perdida. Una penosa odisea de seis años terminaba en aquella playa donde le condujeron manos amigas. En España, tenía partidarios y sólo él, como descendiente del profeta, podía conseguir la unidad que muchos deseaban para Al-Ándalus. Córdoba era la meta inmediata del poder para Abd al-Rahman. Córdoba, que apenas le opuso resistencia oficial de su gobernador, Yusud Ibn Igri. Córdoba, que se convirtió inmediatamente en un emirato que se desgajaba como fruto ya maduro del lejanísimo poder central de Bagdad. Córdoba, que acogía como enviado del cielo al hombre que llegaba para fundar el más poderoso imperio musulmán de occidente.
"Tenía la palabra fácil y elegante; y sabía hacer versos, suave, instruido, resuelto, pronto a perseguir los rebeldes no permaneció jamás largo tiempo en reposo o entregado a la holganza. No desca nsó en nadie el cuidado de sus negocios y no confió sino en su propia inteligencia."
Así le describieron sus biógrafos y el pueblo de Córdoba, la capital que el comenzó a engrandecer con la intención de convertirla en una segunda Damasco, supo ver en él al hombre que haría del terrritorio conquistado un estado unido y capaz de enfrentarse solo con el peligro que suponían los vecinos reinos cristianos del norte. Pero en Abd al-Rahman I la nostalgia de tierras lejanas tuvo que condicionar su vida. Él mismo lo haría sentir en uno de sus poemas:
"Oh, palma, tú eres como yo
extranjera en occidente,
alejada de tu patria."
5. La mezquita de Córdoba en los tiempo de Abd-al-Rahman I
Para vencer su nostalgia y engrandecer su nueva capital, Abd al-Rahman inició la construcción de la que debería perdurar durante los siglos como la obra maestra de la arquitectura musulmana de occidente: la gran mezquita.
Bastaría entrar en el recinto primitivo de la mezquita de Córdoba para formarnos una idea sintética de lo que fue la cultura musulmana de los primeros siglos de Al-Ándalus: los arcos de herradura, heredaros de la arquitectura visigoda se desdoblan sobre un bosque de columnas de mármol en múltiple sensación de fuerza, de elegancia y de ligereza. En una de las naves, un pedestal visigodo convertido en pila de abluciones.
Sería curioso ir descubriendo cómo en la mezquita se constituye un arte propio musulmán a partir de estructuras anteriores y del despiece sistemático de otros edificios pertenecientes al inmediato pasado de España.
Observemos estos capiteles: probablemente formaron parte de villas romanas, igual que las columnas que los sostienen. La mezquita se adaptó como se adaptan las piezas de un rompecabezas. Los capiteles romanos se mezclan con los visigodos y lo extraordinario del caso es cómo con esa amalgama de elementos dispares pudo alcanzarse una obra tan maravillosamente armónica en la que esos mismos capiteles de tiempos pasados sostienen sobre columnas imperiales los arcos que bordean y sujetan el artesonado polícromo del más bello arabesco occidental. Pero la mezquita de Córdoba también es un símbolo de creencias encontradas: si nos aproximamos a alguno de su cimacios descubriremos casi borrada por el tiempo una cruz machacada por creyentes muy lejanos de la fe cristiana. El símbolo de la cruz está en efecto muy lejos del paraíso de Mahoma. A uno de estos siete cielos, representados en el palacio de Comares, irán a parar según sus méritos en vida los fieles seguidores del profeta. Y los súbditos de Al-Ándalus, desgajados ya de la dependencia política de Oriente, esperan con su fe y con la Guerra Santa alcanzar el séptimo de esos cielos, el máximo premio ultraterreno a que pueden aspirar quienes han cumplido en vida los preceptos del Corán.
Pero la práctica de la religión cristiana no se prohíbe en Al-Ándalus. Lo ordena el Corán: no hagáis violencia a los hombres a causa de su fe. Y así, los cristianos pueden ejercer sus cre encias con sólo pagar determinados impuestos y someterse a un estricto código civil y penal. Sólo son castigados quienes atenten de un modo y otro contra la religión de Mahoma. Sin embargo, los gravosos impuestos y las facilidades de todo tipo que obtienen los convertidos aceleran la musulmanización y pocos años después de la conquista quedan pocos núcleos cristianos en Al-Ándalus, y las mezquitas, aun las particulares como ésta hoy llamada del Cristo de la Luz en Toledo, proliferan por todo el territorio.
6. Las ciudades islámicas en Al-Ándalus
A diferencia de otros territorios caídos en manos del Islam, formados por grandes regiones yermas ocupadas por ínfimos núcleos de población, en Al-Ándalus proliferarán las grandes ciudades y los pueblos importantes. La mayor parte de estos centros urbanos existían ya antes de la invasión y conservaron sus nombres ibéricos o romanos sólo algo alterados por la transcripción árabe. Hoy sería muy difícil construir con fidelidad los límites que ocuparon en aquel momento las ciudades musulmanas. Pero recorriendo los barrios antiguos de Granada, por ejemplo, podemos formarnos una idea bastante fiel de lo que pudo ser su estructura primitiva . Fachadas blancas, plazuelas recoletas y callejas estrechas y retorcidas que filtran el paso del sol andaluz. Aquí, a diez siglos de distancia, subsiste viva la España árabe de la alta Edad Media. Si nos internamos por las calles antiguas descubriremos fácilmente los antiguos edificios civiles islámicos, como este fondac u hospedería para comerciantes que venían a alojarse aquí cuando traían a vender sus géneros en el vecino zoco de la Alcaicería. Puentes como éste de Ronda están en pie aún en muchos pueblos andaluces y aún quedan unos pocos palacios que hacen viva la huella musulmana. Los árabes introdujeron en la península una forma de vida peculiar que aún hoy se mantiene. Éste es un patio musulmán casi milagrosamente conservado en la ciudad de Ronda. Pero a lo largo y ancho de la geografía de Andalucía, en Córdoba, en Antequera, o en Granada los patios umbríos forman parte íntima y fundamental de la casa, sea esta señorial o campesina.
Éste es un día de mercado en una ciudad del sureste de España, Orihuela: un día determinado de la semana en el que los comerciantes sacan sus géneros a la plaza y los venden entre el griterío constante y la puja. ¿Qué diferencia hay entre este ambiente y el que podríamos encontrar en cualquier zoco musulmán de Marruecos, de Libia o de Arabia?
El historiador Ibn-Hari cuenta que en Córdoba llegó a haber más de trescientos baños públicos. Los restos de algunos de ellos han sido ya descubiertos pero sus ruinas mal pueden hablarnos de lo que fueron. Tendríamos que entrar en los baños vecinos del Alcázar cordobés para hacernos una idea de su configuración. Y si quisiéramos ver en su más íntima esencia lo que los baños fueron tendríamos que pasear por los de la Alhambra donde advertiríamos el ambiente del Islam como si los árabes los hubieran abandonado un momento antes de entrar nosotros.
7. Córdoba en la época de Hisan y Abd-al-Rahman II
A la muerte del primer emir, le sucedió en el trono su hijo segundo, Hisam. Ya entonces el emirato de Córdoba era en la práctica un estado totalmente independiente de los califas de Bagdad. La calidad de virreyes que tenían los emires antes de Abd al-Rahman con respecto a los lejanísimos emperadores de Oriente se había perdido y apenas sí quedaba como lazo de unión con la vieja patria, la religión común y el acatamiento nominal de los califas como representantes del profeta en la tierra. En lo político y en lo militar, en lo administrativo y en lo económico, Córdoba era un estado aparte que si se nutría aun culturalmente del bagaje de Arabia, comenzaba a expresarse en formas propias.
Este conato de independencia, unido a la variedad de pueblos que habían intervenido en la invasión, fue la causa de una serie constante de disensiones políticas que degeneraron en guerras civiles a lo largo del reinado de otros dos emires hasta que subió al trono Abd al-Rahman II que puso paz a todo trance y logró obtener para Al-Ándalus la unidad que le era absolutamente necesaria para su engrandecimiento.
En aquel momento, Córdoba, la capital, había crecido considerablemente y la gran mezquita resultaba insuficiente para albergar a los fieles. El segundo Abd al-Rahman mandó derribar el muro oriental del templo y lo amplió en doce tramos más, con ello el templo volvía a tener capacidad para su múltiple función religiosa, jurídica e incluso docente. La grandiosidad comenzaba a dominarlo. Las columnas y los capiteles procedentes de construcciones romanas siguieron empleándose. Pero por primera vez aparecieron en la mezquita cordobesa capiteles árabes salidos de los talleres de la capital omeya. En un principio, estos capiteles no fueron más que imitación pobre de los romanos y visigodos que se utilizaron hasta entonces. Sin embargo, una rápida visión a muestras de distintos momentos nos permite observar la evolución del estilo islámico hasta alcanzar la delicada belleza de los capiteles puramente árabes, los que se ha dado en llamar por los arqueólogos "de nido de abeja". Córdoba se ha convertido en la ciudad más importante del occidente islámico y el centro de toda su cultura. Siglos después, el sabio Averroes diría de esta época:
"Córdoba es en todo el mundo la ciudad que más libros tiene"
La vida comienza a hacerse cómoda en Al-Ándalus. Los nobles edifican sus villas fuera del casco urbano y esas villas se rigen por normas de comodidad que canta Ibn-Zaydun:
"Para emplazamiento de una casa entre jardines elíjase un altozano que facilite su guardia y vigilancia. Mejor que pozo, hágase una acequia que corra entre la umbría. Plántense junto a la alberca macizos siempre verdes que alegren la vista y algo más lejos cuadros de flores de todas clases y árboles de hoja perenne. En el centro habrá un pabellón en que sentarse con vistas a todos lados. Estará rodeado de rosales trepadores así como de arrayán y de todas las plantas que adornan el vergel. Si se añade un palomar y una torreta habitable no habrá más que pedir."
Las huertas proliferan y los poetas se extasían en su contemplación:
"Valle de Almería,
haga Dios que jamás me vea privado de ti.
Cuando te veo vibro
como vibra al ser blandida
una espada de la India.
Y tú, amigo, que estás conmigo en su paraíso
Goza de la ocasión
Que aquí hay delicias
Que no existen en el paraíso eterno."
Las ciudades perfeccionan sus sistemas de conducción de aguas, y ruedas hidráulicas y norias de arcaduces salvan los desniveles de terreno para conducir el agua de los ríos hasta los palacios y las casas.
En los campos, esas mismas norias cumplen aún hoy su función y, como entonces, podrían inspirar con su giro constante a los poetas ávidos de agua y campos cultivados.
"Dios mío, la noria desborda de agua dulce en un jardín cuyas ramas están cubiertas de frutos ya maduros. Las palomas le cuentan sus cuitas y ella responde repitiendo notas musicales. Parece un enamorado incurable que da vueltas en el lugar de las antiguas citas llorando y preguntando por quien se alejó y, como si hubiesen sido estrechos los conductos de sus párpados para contener las lágrimas, estallaron sus costados como párpados".
8. Problemas en Al-Ándalus
Pero no todo es vida fácil en Al-Ándalus. En las montañas hay fortalezas hechas para la guerra y los señores que las gobiernan se saben los defensores y se creen los verdaderos dueños del poder. En la región más áspera de la comarca de Málaga, en la serranía de Ronda, más allá del desfiladero del Chorro, sobre una altura que domina leguas y leguas de montes escarpados y vegas fértiles, estuvo emplazada la fortaleza de Bobastro, gobernada por uno de aquellos encastillados, Omar-Ibn-Hafsun. Fue él, sobre todo, quien durante los reinados de los inmediatos descendientes del segundo Abd al-Rahman puso en jaque constante la autoridad de los emires. Dotado de un sentido exacto de su fuerza no dudó en convertirse al cristianismo para tener a su lado a los mozárabes oprimidos y mandó construir en las alturas de sus montañas una iglesia excavada en la roca como bandera de su fe. Ibn-Hafsun extendió por las comarcas montañosas el grito de rebeldía social contra el poder instituido:
"Hace tiempo que venís soportando el yugo de este gobierno que os quita vuestros bienes y os impone pesadas cargas mientras los árabes os colman de humillaciones y os tratan como esclavos. Lo único que yo quiero es que se os haga justicia y libraros del juramento".
El eco de sus proclamas reunió numerosos partidarios en torno suyo. Y una tras otra, desde Antequera hasta las puertas de la misma Córdoba, alcazabas y fortalezas fueron cayendo en su poder sin que la fuerza de los emires lograsen contener aquella rebelión, por más que lo intentaron. Aquella fue, con gran anticipación, la primera señal que anunciaba el despedazamiento futuro del imperio musulmán de Al-Ándalus. Otros como Omar-Ibn-Hafsun esperaban su oportunidad y no transcurrirían muchos años antes de que los señores de todas las grandes y pequeñas ciudades del territorio se alzasen como alcotanes al acecho de su presa para repartirse alguna prosperidad que en estos momentos aún no se había alcanzado. Omar-Ibn-Hafsun fue el adelantado de los reinos de Taifas y con casi un siglo de anticipación quiso devorar una gloria que aún no había llegado.
9. El califato de Abd-al-Rahman III y Medina Azahara
Tuvo que ser Abd al-Rahman III quien después de muerto Hafsun, terminase con aquellos focos de rebeldía y quien, en venganza, profanase la tumba del gran rebelde al pie mismo de la iglesia que mandó excavar en las rocas de Bobastro.
Aquí, en las ruinas de la que fue su ciudad palacio, Medina Azahara, es donde mejor podríamos apreciar la grandeza de Abd al-Rahman III, el primer califa independiente de Al-Ándalus.
"Los monarcas perpetúan el recuerdo de su reinado mediante el lenguaje de bellas construcciones. Un edificio monumental refleja la majestad de quien lo mandó erigir."
Abd al-Rahman llevaba ya sangre de Al-Ándalus en sus venas. Su madre, Muzna, fue una cautiva franca y el nuevo monarca no sentía ya la lejana servidumbre, siquiera fuese nominal, de los lejanos señores de Bagdad. Apenas pacificó la serranía andaluza de las rebeliones de los encastillados, se proclamó califa. Se hizo llamar Al Nasir, "el que protege la religión de Dios". Y sustituyó la vieja residencia del alcázar por la costosísima y maravillosa ciudad de Zahara, en las faldas de la serranía cordobesa. Hoy, ante esas ruinas mondas, nos sería difícil imaginar lo que pudo ser aquella maravilla del califato. Tendríamos que recurrir a construcciones posteriores, como el alcázar sevillano, para formarnos una idea aproximada de lo que Medina Azahara pudo ser. Simplifiquemos los arabescos barrocos de los patios, sustituyamos el estuco por mármoles e imaginemos a 10.0 00 obreros trabajando durante años enteros con 1.500 acémilas, 400 camellos y un millar de mulas alquiladas. Imaginemos el mármol transportado desde Cartago y Túnez. Imaginemos más de 4.000 columnas y 15.000 puertas. Ima ginemos muros de jaspes y pórfidos, y un gran pilón repleto de azogue en el centro del salón real. Imaginemos el azogue removido por un esclavo, lanzando destellos deslumbrantes por todo el ambiente.
Hoy Medina Azahara es una ruina y un montón de recuerdos. Una figurilla de ciervo que en la delicada labor de su bronce nos anuncia grandezas perdidas. Unas piedras que apenas se sostienen sobre otras y que en la oscuridad de sus umbrías dan rienda suelta a la imaginación reconstruyendo idealmente el desaparecido palacio a partir de las maravillas islámicas de la Alhambra que han llegado hasta nosotros.
¿Fue así Medina Azahara? ¿Se abrirían sus ventanales sobre la vega cordobesa como se abren los de la Alhambra sobre Granada? ¿Se elevarían sus rotas columnas rotas sobre filigranas de arabescos tal vez mil veces más bellos que los que bordean las galerías increíbles del Patio de los Leones? ¿Brotarían las fuentes de sus salones como brotan aún en la umbría de la sala de Abencerrajes? ¿Se abrirían sus puertas sobre salones que la más exaltada imaginación se niega a reproducir porque lo vedaderamente grande no puede describirse?
Medina Azahara fue, tuvo que ser, algo fuera de toda explicación, y sus ruinas nunca podrían describrir su realidad, sino apenas presentirla y hacer que el alma se sobrecoja hasta lo más profundo. Habría que recurrir a los grandes poetas de Al-Ándalus para que su lírica íntima nos diera una remota idea de lo que fue aquel instante supremo de la grandeza del califato:
"Qué bello el surtidor que apedrea el cielo con estrellas fugaces que saltan como ágiles acróbatas. De él se deslizan a borbotones sierpes de agua que corren hacia la taza como amendrentadas víboras y es que el agua, acostumbrada, a correr furtivamente debajo de la tierra, al ver un espacio abierto, aprieta a huir."
"Cuando el pájaro del sueño pensó hacer su nido en mi pupila, vio las pestañas y se espantó por miedo de las redes."
Ésta es un ánfora monumental de la Alhambra granadina. También ella con la delicadeza de su dibujo y la perfección de su forma podrían anticiparnos aunque su época se muy posterior la extraordin aria cerámica que floreció en la época del califato cordobés. Su forma y su técnica sin par en todo el occidente europeo de aquella época da cuenta exacta de un esplendor del que apenas quedan ya sino pobres muestras casi totalmente arruinadas. Córdoba, crea un arte y una literatura que llegaron a la cúspide del refinamiento y de la elegancia, un pensamiento que como en el caso del más grande poeta de Al-Ándalus, Ben-Hazam de Córdoba, alcanza los más altos grados de lirismo en tiempo en los que guerra y muerte parecían dominar el destino inmediato de los hombres.
"Qué bella aquella noche desde que nos envió deprisa su mensajero. La pasamos contemplando a los gemelos del Zodíaco con sus orejas como pendientes. La tiniebla comenzaba a desanudar sus trabas y el ejército de la noche se apresta y se alinea para dar la batalla a la aurora. Los luceros huyen para dar paso a las pléyades que son como sortijas que brillan en los dedos de una mano escondida."
"Pastor soy de estrellas como si tuviera a mi cargo apacentar todos los astros fijos y planetas. Las estrellas en la noche son el símbolo de los fuegos de amor encendidos en las tinieblas de mi mente. Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro del firmamento cuyas altas hierbas están bordadas de narcisos. Si Tolomeo viniera, reconocería que soy el más docto de los hombres en espiar el curso de los astros."
"¿Son ascuas que muestran sobre las ramas sus vivos colores o mejillas que se asoman entre las verdes cortinas de los palanquines? ¿Son ramas que se balancean o talles delicados por cuyo amor estoy sufriendo lo que sufro? Veo que el naranjo nos muestra sus fuertes que parecen lágrimas coloreadas de rojo por los tormentos del amor."
10. El califato de Al-Hakam II
Abd al-Rahman III tuvo su reino demasiado ocupado con Medina Azahara para prestar atención a la gran mezquita que nuevamente volvía a quedar pequeña ante el enorme crecimiento de la población cordobesa. Apenas si se debe a él la construcción de un nuevo patio y la ampliación del muro que enfrenta al minarete. Tuvo que ser su hijo y sucesor, Al-Hakam II, quien al día siguiente mismo de su elevación al califato impulsase nueva mente la ampliación de la mezquita. Confió la dirección de las obras a su liberto Al-Hafir-Thaf y quiso que la ampliación fuera digna de la gran obra de su padre, que fue quien probablemente tuvo la idea de aquel proyecto y no logró verlo realizado antes de su muerte.
La obra se hizo con un sentido nuevo, en el que dominó la elegancia casi barroca de su esplendor sobre las formas sencillas que habían dominado las fases anteriores de la construcción del templo. Los arcos se yerguen en lóbulos nuevos y complicados. Los capiteles se hacen más airosos. Los cimacios más serios. El templo entero se profundiza y gana en esbeltez y elegancia pura. Las columnas se hacen regulares porque están ya construidas para aquel lugar. Todo se vuelve armonía de luces y sombras y en lo alto, los artesonados completan con su policromía el reflejo esplendoroso del califato. Pero es el mihrab la joya más preciada de la mezquita de Al-Hakam. Cuenta el historiador Ibn-Hari que el califa escribió personalmente al emperador bizantino, Nicéfalo Focas, para que le enviase a su mejor artífice de mosaicos. Al-Hakam, siguiendo la tradición islámica, quería que fuese precisa mente un mosaísta bizantino quien decorase aquel recinto, el más sagrado de aquel lugar sagrado entre todos. Sigue narrando el historiador andaluz que el emperador de Bizancio le envió el artífice y 320 quintales de cubos de vidrio para los mosaicos como regalo. Al-Hakam trató con largueza al mosaísta y colocó junto a él a varios de sus esclavos para que aprendieran el oficio y, cuando le aventajaron en maestría, devolvió a Oriente al artífice con ricos presentes.
Contemplar hoy el mihrab de la mezquita de es un deleite estético difícilmente superable. El mihrab es una sinfonía de color y de formas, una elegancia que se transforma casi centímetro a centímetro, un caleidoscopio que a pesar de las restauraciones efectuadas a lo largo de siglos, conserva viva la sorpresa constante que se extiende desde la contemplación del detalle hasta el éxtasis ante los grandes volúmenes. Este mihrab de la mezquita cordobesa es la representación palpable de la grandeza del califato, de ese califato que fue la cuna de todo el saber y de la más depurada cultura del occidente europeo del primer milenio. En él nació la ciencia occidental y en el nació también el primer brote de la lírica romance: las tímidas jarchas:
"¿Qué haré o qué será de mí?
Amigo mío,
no te le alejes de mi lado."
Fue el califato que cantaron sus poetas con acentos de premonición, sabedores de que el futuro reconocería aquella época espléndida de la cultura occidental.
En aquel reino de califas semisagrados, gobiernan el esplendor y el bienestar. Córdoba recibe embajadores de Alemania, de Bizancio, de todo el mundo occidental. Los reyes cristianos de la península vienen a Córdoba como invitados de los califas y curan sus enfermedades con los remedios de médicos cordobeses. La corte está formada por los que más valen, sean musulmanes o cristianos. Los esclavos pueden escalar por méritos propios las cimas del gobierno y del saber.
11. La decadencia del califato de Córdoba
En el califato de Córdoba, en fin, se alcanza un equilibrio interno casi total después de cerca de doscientos años de roces y disensiones entre las diversas razas y cultos que poblaban Al-Ándalus. En Córdoba en esa época hay algo muy importante: un ideal que ecumplir y ese ideal conduce a una tradición propia, a un arte espléndido, a una economía saneada. Es, en fin, con palabras del gran arabista Emilio García Gómez, un estado poderosos y civilizado sin rival en el mundo de occidente, menos experto que Bizancio y Bagdad pero, por ello mismo, más lleno de porvenir. Córdoba tenía un aire turbadoramente moderno y, sin embargo, este estado próspero y poderoso que parecía llamado a durar siglos enteros apenas resiste una centena de años y muere de repente, sin vejez, en trágica y precipitada agonía.
¿Por qué? Tal vez Al-Ándalus en su repentino esplendor olvidó su propia época. El musulmán español olvidó la necesidad fundamental de la época histórica en la que irremisiblemente estaba viviendo, olvidó su fuerza, tiempos en los que la fuerza eran la única vida posible. Las batallas del califato eran partidas de ajedrez y monterías. Sus guerras, las del amor y los placeres. Su lucha, la conversación culta. Los musulmanes habían perdido la noción de que su mundo era un mundo de guerra en el que sólo el más fuerte podía sobrevivir.
Los campesinos de la tierra de Al-Ándalus se declararon incapaces de participar en las campañas haciendo valer que no se hallaban preparados para combatir y que , por otra parte, su participación en las campañías les impediría cultivar la tierra. No eran, en efecto, gentes de guerra.
De pronto, sin conciencia de que en el remedio creaba su propia derrota, el califato descubrió a quiénes podían combatir para él: los jinetes bereberes, los fieros combatientes que habían resistido tenazmente la conquista musulmana al otro lado del Estrecho. Miles de ellos fueron importados como mercenarios a la península.
"Diríase que sus caballos nacieron debajo de ellos y que ellos nacieron sobre sus lomos."
12. El caudillo Almanzor
Estos beréberes semisalvajes iban a encontrar pronto un jefe que les dominase y les llevara a la Guerra Santa: el valido de Hisam II, hijo de Al-Hakam, Mohamed Ibn Abi Amir, al que la historia conoció con el nombre de Al-Mansur o Almanzor, "el Victorioso". Se hizo con el poder absoluto del califato y al frente de sus guerreros se lanzó a las racias por los reinos cristianos del norte de Al-Ándalus. Castellanos, leoneses, catalanes y navarros le cono cieron por el sobrenombre de "el Azote de Dios". Y sus conquistas efímeras pero fulgurantes llevaron a sus beréberes desde las tierras yermas del Duero a Barcelona, a León, a Pamplona, a Astorga. La misma ciudad de Santiago fue saqueada. Y dice la leyenda que Almazor hizo transportar las campanas y las puertas de la ciudad santa a lomos de prisioneros de guerra hasta Córdoba y que una vez allí hizo colocar las puertas como artesonado y las campanas como lámparas de la gran mezquita que nuevamente necesitaba de una ampliación debido sobre todo al crecimiento de la ciudad por la llegada de las tribus beréberes.
Almazor derribó los muros orientales y terminó de engrandecer la mezquita con una nueva nave de columnas casi tan grande como toda la construcción existente hasta entonces. En la nueva obra, se hizo caso omiso de la simetría que presidía el conjunto y sólo se buscó la máxima grandeza del templo. Con ello, Almanzor, quiso demostrar su meritoria piedad a los ojos de los nobles que envidiaban su poder y, sobre todo, a los ojos del pueblo, que ya veía en él al esperado paladín, al héroe que le traía la victoria y la gloria de la Guerra Santa sin que los musulmanes de Al-Ándalus tuvieran que mover un dedo ni abandonar sus pacíficos quehaceres. En la nueva fachada se redujo el espesor del muro. Y lo mismo que en la disposición general del templo, la ornamentación siguió los módulos impuestos en época de Al-Hakan.
Almanzor no era un creador pero con su impulso la gran mezquita alcanzó definitivamente el tamaño que hoy luce ante nuestros ojos y las obras sucesivas de los que le precedieron en la construcción se completaron con la prueba de piedad de un guerrero sin preocupación estética ni ansia de belleza. Lo suyo era la guerra. Para ella había nacido y para la gloria que la guerra traía consigo. Mientras los artesanos cordobeses continuaban pacientemente la ampliación que Almanzor había ordenado, el caudillo seguía sus campañas siempre victoriosas en las comarcas cristianas, devastando cuantas tierras y ciudades encontraba a su paso y sin ser nunca vencido.
Tal vez la añoranza de esa derrota que nunca existió hizo inventar a los cronistas castellanos de siglos posteriores el imaginario desastre del caudillo musulmán en tierras sorianas de Catalañazor. Dicen que a los pies de su castillo, Almanzor fue aniquilado y herido de muerte por un ejército en el que se aliaron todos los reyes cristianos de la península. Pero si Catalañazor no fue cierto, sí lo fue que el caudillo musulmán envejeció en la guerra y que enfermo de muerte en tierras cristianas se hizo llevar en parihuelas a través de las llanuras del Duero hasta la ciudad de Medinaceli. Y fue cierto que allí pasó sus últimos días antes de fallecer en su alcazaba en la noche del 10 al 11 de agosto del año 1002. Y fue cierto que sus súbditos fieles le transportaron en hombros por las calles de la ciudad soriana y que se gravaron sobre su tumba palabras de respeto y admiración que recordarían los musulmanes durante siglos enteros:
"Las huellas que dejó sobre la tierra te enseñarán su historia como si la vieras con tus ojos. ¡Por Alá, que el tiempo no nos traerá otro semejante y nadie como él defenderá nuestras fronteras!"
Pero nunca se supo donde estuvo su tumba. Aunque hay quien dice que es una de las cuatro colinas yermas que se elevan al norte de Medinaceli.
"En Catalañazor
perdió Almanzor
el tambor"
Dicen que repetía la voz de un pastor fantasmal en las orillas del Guadalquivir. Poco después de la muerte de Almazor, el Califato quedó definitivamente desmembrado sin una mano fuerte que lo gobernase; una a una fueron desgajándose de él Sevilla, Mérida, Toledo, Murcia. Y de la efímera gloria cordobesa pronto no quedó ya ni la maravillosa muestra de Medina Azahara. Revoluciones y saqueos destruyeron en pocos años piedra a piedra el más bello palacio del Islam y sólo quedó su recuerdo en las páginas de los poetas.