Los Reyes Católicos

La formación del Imperio español corresponde a la época de los Reyes Católicos. En tal época y mucho tiempo después fue sentir del pueblo que nunca tuvo España mayor triunfo, prosperidad y honra. Porque si los términos de nuestra dominación fueron mayores en tiempos del emperador Carlos V y de su hijo, toda aquella grandeza venía preparada por la obra más modesta y peculiarmente española de los Reyes Cat ólicos, a quienes nuestra nación debe su constitución definitiva y el molde y la forma en que se desarrolló su actividad durante el siglo más memorable de su historia.

En el otoño de 1474, el rey Enrique IV de Castilla, a pesar de hallarse enfermo, aún cabalgaba por los bosques reales. Su hermana, la princesa Isabel, mientras tanto, permanecía en el Alcázar de Segovia. En d iciembre murió en Madrid Enrique IV y la noticia debió llegar a Segovia aquel mismo día. El ayuntamiento segoviano decidió fiar su fortuna a la princesa y proclamarla al día siguiente reina de Castilla, lo cual tuvo luga r en la Plaza de San Miguel, que ocupaba entonces el solar de la actual Plaza Mayor.

A la voz de "Castilla por el rey Don Fernando y la reina Doña Isabel" fue levantado el estandarte real. Sonaron los instrumentos, aplaudió el pueblo y se alegró la ciudad. Ni uno solo de los grandes se&nti lde;ores de vasallos, dueños de villas y castillos, que se jactaban de quitar y poner reyes, estuvo presente; sólo algunos caballeros, menestrales y labradores. Había pasado la hora de los ricoshombres y comenzaba la de la peque&ntild e;a nobleza y los letrados: una nueva edad.

Después de la proclamación, se puso en manos de la reina el Alcázar, donde poco a poco comenzaron a llegar los grandes señores: el condestable Don Pedro Fernández de Velasco, Conde de Haro, gran caball ero. El Duque de Alba, Don García Álvarez de Toledo. El Conde de Benavente, Don Rodrigo Alonso Pimentel. Don Beltrán de la Cueva, a quien se creía padre de la Beltraneja. Y antes que ninguno, el cardenal Don Pedro Gonzál ez de Mendoza, cabeza de esta gran familia y señor de la comarca de Guadalajara. Éste redactó el dictamen previo a la Concordia de Segovia, según la cual el reino de Castilla pertenecía por herencia a Isabel, pero el rey y la reina gobernarían conjuntamente. Ambos administrarían justicia juntos, y cada uno por separado cuando no lo estuvieran. El escudo de los reyes encierra desde entonces las armas alternadas de Castilla, León y Aragón-Sicili a, bajo el águila de San Juan.

De Isabel cuenta su cronista, Hernando del Pulgar, que era católica y devota, muy inclinada a hacer justicia. Amaba mucho a su marido Fernando, hijo de Juan II de Aragón, hombre de buen esfuerzo en la paz y en la guerra, y uno de los más grandes políticos de la Historia de España.

La Corte se convierte con ellos en una escuela de política que va atrayendo a todas las individualidades poderosas de la nación. Su fin principal es constituir un fuerte estado reuniendo las cuatro monarquías cristi anas de la península y el reino musulmán de Granada. Como se ha dicho, esta corte no es una academia como la de Aragón en Nápoles, no tiene la suntuosidad y cortesía de la de los Medicis en Florencia, ni la brillantez de aquella otra de la república de Venecia, ni la bien templada riqueza de la de Mantua, donde señorea la casa Gonzaga, no lejos del deslumbrante esplendor de los Sforzza.

Este pequeño grupo que formaban los reyes con sus amigos, de primera hora, ministros, intendentes y diplomáticos, tenía que establecer un orden nuevo de autoridad y justicia. Y para ello había de enfrentarse con dos graves problemas: la insaciable ambición de los grandes señores, dueños de las mejores villas y de los más fuertes castillos; y la anarquía del pueblo, acostumbrado después de tantos años a mirar co mo ineficaz cualquier poder público.

Debilitada la autoridad real, con la derrota de Don Álvaro de Luna, cada obispo, señorío o concejo obraba por cuenta propia. En cada ciudad convivían tres religiones: cristianos, moros y judíos. Y cada uno de los grandes señores tenía a su alrededor infinidad de parientes, escuderos y mesnadas que asolaban las tierras. En perpetua lucha entre sí, acostumbrados a seguir actuando por su cuenta, convertían en campos de batalla pueblos y ciudades, obligando a pagar regularmente a los pueblos un impuesto contra el que, en ocasiones, se alzaban sangrientas revueltas.

Los Reyes pregonaron desde Medina del Campo un perdón general. Pero los grandes señores se atrajeron al rey de Portugal, Don Alfonso el Africano, que atravesó la frontera de Extremadura al frente de catorce mil infa ntes y seis mil jinetes. En Plasencia, se le juntó el Marqués de Villena, guardián de Doña Juana, tenida por hija de Enrique IV, con la que el viejo rey contrajo matrimonio, quedando en Arévalo y proclamándose rey es de Castilla y León.

Isabel ordenó que el tesoro del Alcázar de Segovia se redujera a moneda y recorrió buscando apoyo pueblos y ciudades. Don Fernando, por su parte, conseguía reunir en Valladolid un ejército numeroso aun que mal equipado.

En la guerra que vino fue factor decisivo el ambiente del pueblo, decidido en favor del orden nuevo que representaban el rey y sus amigos en contra del grupo de señores que querían reinstaurar un pasado de injusticia. Al f in, después de diversos avatares, los dos bandos en lucha se encontraron en Toro. Allí, narra el cronista, todos revueltos unos y otros sonaban los golpes de las armas y el estruendo de la artillería; y las voces de unos nombrando su apellido, otros gimiendo sus yagas y caídas, otros pidiendo ayuda, otros reprendiendo a los que no querían pelear y esforzándolos a que lo hicieran.

La batalla quedó indecisa pero el rey se apresuró a escribir a las ciudades para que se hiciese saber la victoria y se celebrasen públicas y solemnes procesiones. Y también decidió alzar en Toledo un m onasterio que conmemorase el triunfo castellano: San Juan de los Reyes.

Sin embargo, la guerra no acabó hasta el Tratado de Trujillo por el cual el monarca portugués renunciaba a sus títulos sobre Castilla. Aquel mismo año murió Juan II de Aragón, a quien hered&oacu te; su hijo Don Fernando. Quedaban tres núcleos independientes en la península: Portugal, Navarra y el reino de Granada.

Cuando las guerras se lo permitían, los reyes acudían a deshacer los bandos nobiliarios en las ciudades. Tal sucedió con la fortaleza de Trujillo, ante la que la energía de la reina hizo acudir toda la artill ería que halló por la comarca y aun en Andalucía. La empresa era de enorme dificultad pues se trataba no solamente de liberar villas, castillos y comarcas enteras del poder de los señores, sino de acostumbrar a obedecer a un pu eblo habituado a un régimen de impunidad. Era más fácil sujetar a los plebeyos que a los señores de los castillos, contra los que eran necesarias las tropas que debían emplearse en otras empresas. Tras rendir Castilnuevo y Madrigalejo, llegó la reina a la ciudad de Cáceres cuyas casas fuertes eran como otros tantos castillos pequeños desde los cuales los caballeros se combatían cuando cada año era preciso renovar el concejo. Doña Isabel repartió los cargos entre ambas parentelas con la condición de que cuando vacase alguno de ellos, los reyes designarían sucesor.

Aún mayor importancia tuvo la reforma de la nobleza que se llevó a cabo en las Cortes de Toledo, reunidas en 1480. Los reyes propusieron la anulación de las mercedes de los anteriores reinados en virtud de las cuale s algún vasallo superaba en rentas a la misma corona. Los grandes señores comprendieron que el único modo de conservar su posición social era recoger alguna parte de la autoridad y poder que emanaba de los reyes, y abandonando sus castillos, se encaminaron hacia la Corte, intentando integrarse en ella, como altos funcionarios militares y políticos. Poco a poco los castillos fueron quedando abandonados y se labraron magníficos palacios en las ciudades, donde los re yes solían residir durante largo tiempo.

En la Edad Media, el rey no disponía de otra milicia que la que le estaban obligados a proporcionar los señores y concejos. Los consejeros del rey deciden servirse de las antiguas hermandades surgidas tantas veces anterior mente cuando la autoridad se hallaba en peligro. Los reos son encerrados en prisión, juzgados y, en muchos casos, condenados. La jurisdicción de la Santa Hermandad comprende cinco casos:

  1. Todo delito cometido en el campo.
  2. Todo delito cometido en poblado, cuando el malhechor se esconde en la campiña.
  3. Todo delito de allanamiento de casa.
  4. Toda fuerza de mujer.
  5. Toda rebeldía y, en general, toda resistencia contra la justicia.

Otro paso hacia el robustecimiento del poder real fue la incorporación a la corona de los maestrazgos de las órdenes militares. Estas instituciones habían prestado a la Reconquista grandes servicios premiados luego con tan inmensas concesiones territoriales que constituían un feudo de sus maestres. Extensas comarcas de León, Extremadura y La Mancha les pertenecían, como éstas, propiedad de la orden de Calatrava. Puede decirse que durante algún tiempo la recuperación de territorios fue exclusivamente obra suya. Pero una vez desaparecido el peligro musulmán, estas órdenes militares pierden gran parte de su rigidez y eficacia. Maestres y comendadores de Santiago, Calatrava y Alcántara luchan aún en Antequerra y Higueruela pero no ya como prelados o monjes combatientes sino como otro señor cualquiera de vasallos. Los caballeros puedes poseer bienes y casarse, y la obediencia al maestre se va ha ciendo cada vez más leve. Con su incorporación a la corona desaparece un elemento aún más fuerte y perturbador que las grandes casas señoriales.

La unidad de España se va logrando así, no por la fuerza de las armas exclusivamente, sino por el prestigio de la monarquía que, en general, conserva la autonomía de los distintos reinos, dejando poco a poco al Consejo Real la solución de los negocios según un nuevo régimen que actualiza esta antigua institución española. Mas a pesar de tales éxitos, los reyes comprendían que era imposible el establecimiento de un estado fuerte y unido bajo su monarquía, en tanto el reino de Granada fuese una puerta abierta al mundo del Islam. El reino de Granada comprendía las actuales provincias de Granada y Almería, y territorios de las de Jaén, C órdoba, Cádiz y Sevilla.

La guerra de Granada es la página de la historia de España que ha despertado mayor interés en la literatura universal. Los poetas anónimos del Romancero y los literatos del Romanticismo imaginaron esta guerra como un torneo caballeresco, una emulación de hazañas heroicas entre los caballeros de Isabel la Católica y los jinetes granadinos. Sin embargo, hoy sabemos que la victoria fue lograda no sólo por las armas, sino tambié n por la habilidad diplomática del rey Fernando y sus secretarios, que manejaron sabiamente a los cortesanos de Boabdil. La victoria fue el fruto de la entrega conjunta de Fernando e Isabel que utilizaron todos los medios a su alcance, las haza&nti lde;as de los caballeros que, enardecidos por un gran ideal, empleaban en él las energías que pocos años antes utilizaban para combatirse mutuamente. Y la creación de una organización militar, de un ejército moder no, símbolo del cual es el famoso Doncel de Sigüenza, muerto en plena juventud antes de ver concluida la Reconquista.

Hasta entonces la guerra había sido, como en la Edad Media, una serie de golpes de audacia no siempre coordinados. Los reyes crean un ejército acudiendo para ello a los fondos de la cruzada, al subsidio de la clerecí ;a, a los bienes confiscados, e incluso a préstamos particulares. Así, en el mes de julio de 1484, Fernado e Isabel pudieron pasar revista a aquel ejército que venía a revolucionar el arte de la guerra y que con el empleo de la artillería habría de mantener por espacio de más de un siglo la primacía de España. Para mantenerlo se crea una intendencia que cadenas constantes de recuas aprovisionan desde Castilla. Para auxiliar a los 70.000 hombre s que harán la campaña de Granada, nace también una sanidad militar y cuadrillas de albañiles reconstruyen las ciudades conquistadas.

La guerra se dirige primeramente contra Málaga en la que dominana Abul Hassan y su hermano Al Zagal. En la primavera siguiente, los reyes desplazan toda su poderosa máquina bélica contra la fortísima plaza de Ronda. El mismo rey describe su conquista con estas palabras:

"Vine sobre ella, ciudad de dos mil vecinos, hombres de pelea de los mejores del reino de Granada y con los combates que hice dar la estreché de tal manera que aunque es una de las ciudades más fuertes de Españ a en quince días los moros se rindieron y yo libré quinientos cristianos que allí estaban cautivos en el más estrecho cautiverio".

Su ocupación hizo cundir el desánimo en el reino granadino. Los cristianos toman Loja. En su ejército figuran cruzadas extranjeras y por primera vez, suena entre los combatientes un nombre que pronto se hará famoso: Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. El rey Fernando busca sembrar la discordia en el bando contrario y pacta con Boabdil, que con la ayuda de las tropas castellanas entra en Granada.

En mayo del año siguiente se ataca Málaga. Es la hazaña más dura de aquella guerra interminable. Su rendición causa impresión enorme entre los musulmanes y desde entonces los políticos to marán el lugar de los capitanes a pesar de que la guerra continúa. Según las capitulaciones de Loja, Boabdil debería entregar Granada. Pero la ciudad, convertida en el último reducto de los musulmanes decide no aceptar l a rendición. Tras muchas dilaciones se redacta la capitulación y los Reyes Católicos dirigen una carta a los alcaides, alfaquíes, cadíes, ulemas, alguaciles y pueblo de Granada anunciando la intención de mantener el asedio hasta que la ciudad capitule. Ofrecen condiciones muy ventajosas si se rinde antes de veinte días. El duro invierno de aquel año agudiza el hambre y penalidades de la plaza superpoblada. Por fin, el 2 de enero de 1492 entran en la ciudad las tropas cristianas en tanto gran número de musulmanes emprenden el camino del destierro.

La conquista de Granada fue fruto, así, de un plan de campaña admirable seguido metódicamente hasta su final. La máquina burocrática, económica y militar funcionó siempre con exactitud y eficacia. Con su valor trabajo y experiencia, con la plena identificación de ambos reinos, daban de este modo cima los reyes Católicos a la gran aventura de la unidad de las tierras de España.

Tras la conquista de Granada, el antiguo reino musulmán salvo algunas plazas como Málaga, tomadas por las armas, seguía con sus antiguos pobladores gobernados por sus magistrados, y conservando su idioma, costumbre s y religión, pues fueron pocos los que se convirtieron.

Tras las rebeliones de Albaicín, las Alpujarras y la Sierra de Filabres, los Reyes Católicos, con la fuerza que les daba su reciente victoria, decidieron continuar su política unificadora acometiendo también vigorosamente la difícil situación que creaba en España la permanencia de numerosas comunidades judías enquistadas en sus reinos y soportadas de mala gana por la sociedad española de entonces.

Fernando e Isabel abordaron este problema como todos los que se les habían planteado en su reinado , de acuerdo con un plan establecido, sin desmayo y aceptando la puesta en práctica de unos medios de acción que, au nque choquen con la sensibilidad moderna, es preciso situarlos para su debida valoración en el contexto de ideas, sentimientos y estilos de un tiempo tan diferente del nuestro. Es así, con esta perspectiva histórica, como debemos enfr entarnos con el tema de la expulsión de los judíos.

Y con el mismo espíritu hay que considerar otro de los hechos históricos del reinado de Isabel y Fernando: el robustecimiento del Tribunal del Santo Oficio, que ya existía como una exigencia de las necesidades pol&i acute;ticas de entonces en casi todos los países de Europa e incluso en algunos de los reinos peninsulares, pero que tomó mayor incremento a partir de entonces para asegurarse en lo posible contra el fraccionamiento de la unidad religiosa e ideológica que requerían las empresas deseadas por los Reyes Católicos.

En política exterior, el rey Fernando continúa estableciendo bases militares en el Mediterráneo, a fin de apoyar la expansión comercial. También aquí se revela como el primer diplomático de su época, que fue precisamente la de la gran diplomacia. Por el Tratado de Barcelona, adquirió los condados de Rosellón y de Cerdaña. Carlos VIII de Francia se apoderó de Nápoles que por ser feudo del papa no e staba incluido en el anterior tratado. Pero el rey Católico envió un ejército al mando de Gonzalo de Córdoba que expulsó a los franceses del territorio napolitano. Posteriormente el rey Fernando negoció con Luis X II, sucesor de Carlos VIII un reparto amistoso de aquel reino aunque al fin y por diferencias surgidas sobre los límites se apoderó definitivamente de todo el territorio después de brillantes campañas en las que el Gran Capit&a acute;n venció en Seminara, Carignola y Garellana.

El deseo de aislar a Francia y la búsqueda de la unión de los estados peninsulares orienta la política matrimonial de los Reyes Católicos. Para ello concertaron diversos enlaces: el príncipe Don Juan y la infanta Juana con los hijos del emperador Maximiliano de Austria. La infanta Isabel con Alfonso de Portugal, y Doña Catalina finalmente con el futuro Enrique VIII.

La muerte prematura de la mayoría de sus hijos quebrantó la salud de la reina Isabel que falleció en Medina del Campo en el año 1504. Hizo un testamento ejemplo de sabiduría política y amor a su s vasallos. Y dejó por heredera a su hija Juana y como regente al rey Fernando pues la salud mental de la futura reina no le permitía encargarse del gobierno.

Felipe el Hermoso, a su llegada a España, repartió numerosos cargos públicos entre los personajes borgoñones y neerlandeses de su séquito que ya en su encuentro con el rey Fernando ascendía a di ez mil hombres, entre ellos parte de la nobleza castellana que aún sentía nostalgia de pasadas épocas.

Esta corrida de toros se dio en Benavente en su honor. Al igual que estos juegos de cañas, celebrados en Valladolid en los que tomó parte el esposo de Doña Juana. Su vida transcurría entre juegos, damas y ban quetes; y, así, su gastada naturaleza no pudo resistir los estragos de la peste que por entonces asolaba Castilla, muriendo en Burgos a la edad de 29 años. Si alguna lucidez quedaba todavía en la mente de Doña Juana se desvanec ió ante la muerte de su esposo, a cuyo lado estuvo en todo instante. Lo hizo colocar sobre una cama rica, vestido con ropa de brocado, forrada de armiños en la mejor salda de la casa del Palacio Cordón, de los condestables de Castilla , hasta que su restos, en solemne cortejo emprendieron el camino de la cartuja de Miraflores.

La vuelta de Don Fernando a Castilla determina un retorno a la política que habían seguido los reyes Católicos. Ya en España y en la aldea de Tórtoles encontró a su hija, que con el fúneb re cortejo que llevaba el cadáver de su marido viajaba de pueblo en pueblo y de monasterio en monasterio. Ante la alegría del encuentro pareció remitir por unos días su locura y puso definitivamente en manos de su padre el gobi erno. Don Fernando consiguió de su hija que diera término su caminar por las aldeas de Castilla y se aviniese a quedar recluida en el Palacio de Tordesillas que parecía dispuesto para asilo de princesas desventuradas.

El cadáver de Don Felipe quedó depositado en la iglesia de Santa Clara. Allí vivió por espacio de casi medio siglo la reina propietaria de Castilla, en cuyo nombre se gobernaban tantos reinos. Al cabo de los años en que su demencia se hizo menos profunda, se olvidó de su obsesión por los restos mortales de Don Felipe que pudieron ser trasladados a la Capilla Real de Granada, donde el arte de Bartolomé Ordóñez perpetua ría aquellos amores desventurados en uno de los más bellos sepulcros españoles.

De nuevo era preciso reducir a la obediencia a los grandes señores y pacificar las banderías en las ciudades. El rey Fernando consiguió con energía y habilidad que el Duque de Nájera pusiera en tercer& iacute;a sus castillos y que se sometiese el Duque de Alburquerque. El Conde de Lemos, que se había hecho dueño de gran parte de Galicia, tuvo que someterse al rey como los bandos de Vizcaya y el Señorío de Molina.

En 1510 juraba Don Fernando el cargo de gobernador, administrador y tutor de los reinos de su hija Doña Juana. Un pequeño ejército aseguraba este poder que sería, en adelante, absoluto. El cardenal Cisneros o rganiza expediciones a las costas africanas, a Vélez de la Gomera, Orán, Bujía y Trípoli. La posesión de plazas fuertes al otro lado del estrecho era necesaria para proteger el litoral andaluz contra los piratas berberis cos y contra la obsesión expansiva de los imperios africanos. Esta política interesaba a Aragón tanto como a Castilla, pues para su política comercial era indispensable la seguridad en la navegación por el Mediterr&aacut e;neo.

Otro éxito del rey Fernando fue la anexión del reino de Navarra. Este territorio cuya supervivencia a lo largo de la Edad Media se debió a la orientación de su política y a las rivalidades entre Castil la y Aragón, mantuvo bajo Catalina y Juan Albret una conducta equívoca, sin atreverse a declararse contra Francia o a prestar garantías de neutralidad al rey católico. Por el tratado de Boileau se comprometieron los reyes de Na varra a prohibir el paso por su territorio a las tropas del rey Fernando y a declarar la guerra a sus aliados. Un ejército castellano a las órdenes del Duque de Alba ocupó el territorio en pocas semanas. Los reyes huyeron a Francia y las Cortes juraron fildelidad a Don Fernando que confirmó a los navarros sus fueros y privilegios.

Años antes se había realizado la conquista de las Islas Canarias que iniciada por particulares se consolida eficazmente durante este reinado. Como había de suceder en América, la principal preocupación de Fernado e Isabel fue la cristianización y el buen trato de los naturales; prohibieron la venta de esclavos y dieron por libres a los vendidos. Se da en Canarias el mismo fenómeno que había de ser característico de la presen cia española en América: la preservación de las razas indígenas y su fusión con los conquistadores.

Para organizar la economía de las islas, los reyes acuden al sistema de los repartimientos de tierras que ya se había empleado con éxito en Valencia, Murcia y Andalucía. Se establece un orden jerárquic o y se hace de las islas no sólo una avanzada de las rutas oceánicas sino punto de apoyo para empresas africanas. Así quedaba el perfil de España en su totalidad tal como lo conocemos hoy.

En 1516 muere el rey, casado en segundas nupcias con Germana de Foix, siendo enterrado en Granada, en la ciudad por la que tanto luchó junto a la reina Isabel, en la capilla Real donde actualmente reposa en compañía de sus hijos. Deja como heredera de sus estados a Doña Juana, como regente a su nieto Don Carlos, debiendo ocupar el reino hasta que el príncipe regrese de Flandes el cardenal Cisneros.

El cardenal, nombrado años atrás, a su pesar, arzobispo de Toledo por la reina Isabel, ya había sido figura principal en la gran reforma del clero español y volvería a serlo como asesor de finanzas y p rotector de las artes y las letras, especialmente a través de la Universidad de Alcalá. Publicó además a sus expensas la Biblia Políglota Complutense gracias a la imprenta recientemente introducida en Españ a.

Uno de los más grandes colaboradores de los Reyes Católicos fue Antonio de Nebrija. Escribió, se ha dicho, la primera gramática de la lengua castellana como si vislumbrase, que trazaba las reglas de un lengua je que sería hablado por todo el continente.

Es la gran época de los libros de caballería. Del Amadís, publicado por Rodríguez de Montalbo en 1508, y de la obra literaria capital de este siglo: La Celestina.

El ambiente propicio de la época se manifiesta también en magníficas construcciones. Como sucede en las letras, es muy grande el número de artistas extranjeros atraídos por la magnificiencia de los rey es y los grandes señores. De ellos son buena muestra las familias de los Guas, los Egas, los Colonia y los Siloé.

El poderoso ambiente castellano se apodera de estos hombres que crean uno de los períodos más característicos de la arquitectura española, realizándose obras que corresponden al último gó tico centroeuropeo aún con matiz netamente español: como San Juan de Los Reyes de Toledo o San Gregorio de Valladolid. Como símbolo de esta época aparece el llamado estilo Isabel, cuya austeridad y sentido clásico armoni zan perfectamente con la mentalidad de los nuevos tiempos. Las proporciones de las iglesias son de extraordinaria esbeltez y la ornamentación muy parca, reducida a la heráldica y a sartas de perlas. El prototipo de este estilo tan caracter&i acute;stico del ambiente cultural del país es Santo Tomás de Ávila, obra de Solórzano.

Es admirable el esfuerzo de los reyes por traer a España las grandes corrientes del Renacimiento. Hay en ellos un afán de mejorar nuestro país en todos los aspectos, que es acaso la más noble cualidad de su r einado. Ambos supieron ver con singular acierto la necesidad de crear para la conservación del imperio que con ellos se inicia una minoría cultivada que ya en su tiempo dio espléndidos frutos. En Aragón, se levantan por entonce s monumentos importantes, como las catedrales de Zaragoza y Huesca por el maestro vasco Juan de Olózaga. También se reconstruye la catedral de Barbastro por Juan de Segura y la de Tarazona. Son grandes edificios de nave única provisto s de contrafuertes entre los que se sitúan capillas y de un crucero poco saliente. La cabecera poco desarrollada también es plana o consiste en otra capilla más de planta poligonal.

En Valencia se construye la Lonja de la Sera, obra singular en la arquitectura civil española de todos los tiempos. Se comprende que si la riqueza fluía en Levante de las contrataciones se alzaran en tales emporios mercant iles edificios proporcionalmente ricos como los de Barcelona, Valencia o Palma de Mallorca. Las primitivas eran abiertas al exterior pero ya en este siglo se cierran, quedando fijado el modelo principal para años posteriores.

La reina tenía gran afición a la pintura flamenca y los cuadros de su colección forman pequeños y magníficos museos aun hoy. Francisco Chacón sobresale en la escuela castellana, como el maestro de San Ildefonso en Palencia o Jaime Huguet en Cataluña. Pero el pintor más significativo de esta época es, sin duda, Pedro de Berruguete. Nacido en Paredes de Nava y formado en Italia, sus figuras cetrinas y apasionadas nos han dejad o la imagen más sugestiva de la generación que realizó la conquista de Granada, se lanzó a la aventura de América y luchó por la fe católica dentro y fuera de nuestro país, estableciendo el dominio e spañol en Europa.

La industria recibe un fuerte impulso en las ciudades de Segovia, Toledo, Valencia, Sevilla o Granada. Y los oficios llegan a una perfección no alcanzada antes en tejidos y guardadas, cerámica, metales y madera. Se estable ce el poder exclusivo de los gremios; el examen como único medio de adquirir el grado de maestro. El tiempo y las circunstancias del aprendizaje y la inspección del trabajo por los veedores. El oficio venía a ser una pieza en el engra naje del estado, sujeto a inspección y a su reglamentos y encauzado hacia la suprema razón del bien común; todo ellos más meritorio aún teniendo en cuenta que España era todavía un país poco poblado, diezmado entonces por las pestes más graves que conoció su historia, y de austera economía en general, si se exceptúan las ricas vegas de Valencia, Murcia o Granada.

La ganadería, de acuerdo con las características geográficas de sus tierras, era la fuente fundamental de nuestra economía respaldada por el concejo de la Mesta. Se protege la raza merina, cuya lana se vende en toda Europa; pero, a veces, en los años de malas cosechas es preciso importar el trigo.

Fuera de ello, la ganadería se ejerce en pequeña escala y de modo particular, constituyendo los labradores la mayoría de la población española. Sin embargo, no puede hablarse de un campesinado uniforme ; había mucha diferencia en la cría y cultivos de una a otra región; y dentro de una misma comarca o de un mismo pueblo existían grupos sometidos a distinta condición jurídica y diferente posición econ&oacu te;mica. También dentro de estas clases modestas existían campesinos libres y dueños de sus tierras, adquiridas por el trabajo constante de varias generaciones. Esta clase, muy poco numerosa, gozaba de un relativo bienestar econ&oacu te;mico que le permitía también una mayor instrucción. Destinaban sus segundones al sacerdocio y dirigían la vida municipal de sus pueblos o aldeas.

Aquellos campos poco poblados de Castilla con algunas ciudades ricas y populosas en su centro se hallan dispuestos a realizar, con la llegada del futuro emperador Carlos, la tarea a la vez comprometida y gloriosa, de llevar a cabo la nu eva política imperial de España.