Capítulo XXI: Las Cortes de Cádiz y el Romanticismo

España 1814: la lucha de un pueblo unido ha logrado al fin alejar al coloso Napoleón. Durante seis años, con un rey prisionero en tierras extranjeras, España ha luchado y ha preparado la paz. Aquí, en Cádiz, se han reunido políticos provisionales que han redactado la Constitución. Por ella quieren que se rija el país cuando vuelva la paz y la guerra no sea más que un recuerdo.

Las Cortes de Cádiz se convierten así en el primer brote efectivo del movimiento romántico español porque romanticismo no es sólo literatura ni una forma estética. Es una concepción del mundo y del comportamiento humano. Romántica fue la guerra de un pueblo contra Napoleón. Romántica quieren los hombres de Cádiz que sea la paz que ha de sucederla.

¿Por qué Cádiz? ¿Por qué tuvo que ser Cádiz el asiento de las Cortes? ¿Por qué la cuna de la Constitución? Por una doble razón: geográfica e histórica. La pequeña península está bien guardada por el mar y por sus murallas que apenas tienen razón de ser ante la imponente defensa natural que la rodea. Constituye, por otro lado, el punto más alejado de la península para las tropas que entraban por los Pirineos.

A pesar de todo esto, la pequeña perla atlántica no consigue verse libre de sitios y bombardeos, aunque su pueblo tomaba aquello con cierta alegría.

"Con las sonatas que tiran los fanfarrones
hacen los gaditanos tiradores.
Con las bombas que tira el mariscal Sul
hacen los gaditanos mantillas de tul"

Históricamente, Cádiz era, además, el centro del comercio con las colonias americanas. Era el punto de donde partían casi todas las expediciones coloniales; el contacto más directo con los españoles del otro lado del océano. Y, sobre todo lo demás, la puerta de entrada de productos y tesoros que constituían la fuente de ingresos más importante de la vida nacional.

No puede parecer extraño que en este ambiente abierto a todos los aires, incluso a los políticos, pudiera surgir el núcleo del liberalismo español y, con él, el esquema y la letra, tanto como el espíritu, de la Constitución de 1812.

"-¿Juráis conservar en su integridad la nación española y no omitir medio alguno para libertarla de su injustos opresores?

- Sí, juramos.

- ¿Juráis desempeñar fiel y legalmente el encargo que la nación ha puesto a vuestro cuidado guardando las leyes de España sin perjuicio de alterar, moderar, y variar aquellas que exige el bien de la nación?

- Sí, juramos.

- Si así lo hiciereis, Dios os lo premie y, si no, os lo demande."

El 24 de marzo de 1814, Fernando VII había entrado en España y al frente de su séquito atravesaba el puente romano del pueblecito de Besalú en el provincia de Gerona. A su paso, un pueblo sin gobierno efectivo durante seis años, un pueblo que había batido el cobre y dado su vida por la libertad, le desmostraba su alegría de todas las formas posibles. Fernando regresaba del exilio a hacerse cargo del país que le había tocado gobernar por la gracia de Dios. Y estaba dispuesto a ejercer su derecho divino por encima de lo que hubiera acordado cualquier constitución. Contrariamente a lo que le programaron los diputados de Cádiz, pasó por Zaragoza entre el entusiasmo popular.

Y luego por Valencia, donde el que llamaron "Manifiesto de los Persas" terminó de convencerle de que la obra emprendida por los diputados de Cádiz no tenía para nada por qué tenerse en cuenta. Por eso, allí mismo, en la capital del Turia lanzó su primera proclama absolutista en la que reclamaba y se adjudicaba todos los derechos humanos y divinos que le conferían el ser el rey de la nación española.

"Aborrezco y detesto el despotismo, ni las luces ni la cultura de las naciones de Europa lo sufren ya, ni en España fueron déspotas jamás sus reyes ni sus buenas leyes lo hubieran autorizado"

Él debía gobernar como sus antepasados lo habían hecho y estaba dispuesto a que nadie, y mucho menos los constitucionalistas de Cádiz, pudiera impedírselo.

"Yo trataré con los procuradores de España y de las Indias, en Cortes legítimamente convocadas, de establecer sólida y legítimamente cuanto convenga al bien de mis reinos"

Con aquel manifiesto Fernando VII derogaba cuanto las Cortes de Cádiz habían proclamado en sus primeros artículos:

Artículo II: La Nación Española es libre e independiente, y no puede ser patrimonio de ninguna familia ni de persona.

Artículo III: La soberanía reside esencialmente en la nación y, por lo mismo, pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer leyes fundamentales.

Artículo IV: La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.

La vuelta de Fernando VII borraba todo aquello de un plumazo, como reconocía un contemporáneo de aquellos instantes de fervor popular:

"Cuando Fernando VII entró en España ya no había constitución ni señales de que la hubo. Todas las ciudades chicas y grandes se entregaron a quemar y enterrar las cenizas del código constitucional. La entrada en Madrid fue aún más gloriosa. Las masas populares comenzaron a vitorearle con loca alegría, y cortando los tiros condujeron el coche del rey hasta el convento de Santo Tomás."

Aquel pueblo necesitaba del símbolo que Fernando VII representaba y con su acto soberano de acatamiento rechazaba todo cuanto se había hecho en su ausencia. El rey Fernando estaba seguro en su trono recién recuperado. El pueblo, la nobleza y el clero estaban de su lado; también el ejército, aunque una parte de él se inclinaba abiertamente por los constitucionalistas de Cádiz, que ya comenzaban a ser llamados liberales y que se reunían donde podían para conspirar. En las tabernas y en los estrados, junto a la Mariblanca y en el café no se oye más que de batallas y de revolución, convención, representación nacional, libertad, igualdad. La conspiración fue el modo de actuar de los que querían que el espíritu romántico, que alzaba sus banderas desde el tiempo de la Revolución Francesa, sustituyese ahora el Antiguo Régimen, que implantaba ahora Fernando VII. Un Antiguo Régimen que era también bandera de las monarquías europeas después de la derrota de Napoleón. El sentimiento liberal era la eclosión política del Romanticismo recién nacido; y ese Romanticismo se manifestaba como sentido vital que es en todos los aspectos del quehacer humano nacional.

En 1820, después de años de conspiraciones y de levantamientos fallidos, el liberalimo salió triunfante tras los pronunciamientos militares que culminaron con el de Riego, en Cabezas de San Juan. La Constitución, que había sido eliminada violentamente, se implantaba por la violencia. Volvía a haber muertos en las calles, ya no sólo en los presidios, y el rey, el mismo rey que había rechazado de plano la labor de las Cortes de Cádiz diciendo "Declaro solemnemente que mi real ánimo es no sólo no jurar ni acceder la dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes que sean depresión de los derechos y prerrogativas de mi soberanía." En 1820, ante el triunfo liberal declaraba "Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional"

Frente a los liberales románticos en cuyas filas militaban los elementos de la burguesía ciudadana, estaban las clases populares, de notorias tendencias absolutistas. Las partidas armadas apostólicas se levantaban por todas partes.

Frente a los liberales románticos estaba también todo el Antiguo Régimen europeo reunido en el Congreso de Viena para tratar del futuro del continente. El Congreso de Viena no se sentía dispuesto a aceptar que hubiera en Europa un país gobernado por un régimen liberal. Por eso, fomentó en el interior la propaganda absolutista y de modo más o menos directo, cooperó en cualquier tipo de levantamiento de signo anticonstitucional. Las refriegas callejeras que estallaron en 1822 obligaron al rey a abandonar Madrid y a refugiarse en Cádiz. Para el Antiguo Régimen europeo había llegado el momento de actuar directamente. Las tropas del Duque de Angulema, aquellas que fueron llamadas los Cien mil hijos de San Luis, hicieron su entrada en la penísula. Apoyada por las partidas absolutistas, la conquista francesa fue ahora prácticamente un paseo militar. En un tiempo increíblemente corto, Angulema borraba del panorama político español la vigencia de la Constitución y reponía al rey en el trono con poder absoluto.

El bienio liberal pasaba a ser un recuerdo y el soberano volvía a gobernar el país como un patriarca. No hacía caso ni de la Constitución que declaradamente había rechazado, ni de los absolutistas a ultranza que al amparo de su propio hermano Carlos María Isidro, le reprochaban no hacer todo el uso que debiera de sus divinos derechos. Sí, a partir de 1823 el rey vuelve a ser un gran padre autoritario que goberna el país conforme a su regia voluntad. Se permite incluso el lujo de seguir en cierto modo la obra cultural que emprendieron sus antepasados y de su reinado data la fundación de la Real Academia de Farmacia y la conversión del antiguo Gabinete de Ciencias en el museo de pinturas del Prado.

Los liberales que no han emigrado vuelven a conspirar en la sombra. Pero sobre algunos cae despiadadamente la mano de la justicia regia. Riego es condenado a muerte y agarrotado. Juan Martín el Empecinado, el guerrillero que nunca fue vencido por los franceses es encerrado en una jaula y sometido a las iras de los campesinos antes de ser ejecutado. En Madrid, el librero Millar es ejecutado bajo la acusación de lo que hoy llamaríamos distribución de propaganda clandestina. La misma suerte sufre en Granada Mariana Pineda, acusada de bordar una bandera liberal. Uno tras otro los idealistas románticos seguían conspirando. Uno tras otro eran apresados y enviados al otro mundo. Éste fue el caso de Torrijos y sus cincuenta compañeros. Pasaron a Málaga desde Gibraltar, donde tantos liberales se habían refugiado. Torrijos venía fiado en promesas de alzamiento y sólo encontró ante sí un juicio sumarísimo y un piquete de ejecución que terminó con su vida y con la de cuantos se habían atrevido a seguirle. Sucedió en Málaga a la orilla del mar, en el lugar más romántico que un conspirador liberal pudo haber elegido para su propia muerte.

"¡Preparen armas! ¡Apunten! ¡Fuego!"

Eran tiempos en los que dar la vida por un ideal podía ser cosa de cada día porque así se mostraba el ideal romántico en su enfrentamiento con el mundo. Idealista hasta la exacerbación, impregnando constantemente la vida en una actitud que no hace sino expresar la exaltación de un ánimo colectivo. Ésta será la actitud del que probablemente fue el más alto representante del Romanticismo español: Mariano José de Larra. Viajero europeo infatigable, fue al mismo tiempo el crítico más sutil y más directo de la sociedad española de su época. Larra husmeó en lo más hondo de esa sociedad y supo disecarla como nadie más que él se había atrevido a hacerlo. Larra puso fin a su vida de un pistoletazo en el momento en que más podía esperarse de la genialidad de su pluma. Al margen de sus razones, el suyo también fue un final propio de la exaltación romántica.

El Romanticismo exigía soluciones tajantes a la vida. Exigía que la vida fuera vivida a flor de piel, a punta de sentimientos y de intuiciones. El Romanticismo pedía luces especiales para contemplar el mundo. Y esas luces estaban en los cirios mortuorios, en las noches claras de luna, en los fuegos fatuos y en las arañas de los salones. La luz exterior o interior tanto da, es el rasgo definido del Romaticismo. Un rasgo tan definido y definidor como pueden serlo los juguetes y las miniaturas de los silenciosos salones de peluche, y espejos y cuadros de marco dorado. Y esos salones serían, por su parte, tan románticos como la guerra que se había desarrollado unos años antes en la que un pueblo entero se alzó por eso, sólo por cumplir un ideal contra el invasor francés. Los mismos rasgos románticos que tendrían los pronunciamientos militares de uno y otro signo que se sucedieron a lo largo del reinado de Fernando VII.

En el mundo del Romanticismo, el recuerdo casi mítico de los jefes guerrilleros permitía la subsistencia de las partidas. Las había de signo liberal y de claras tendencias absolutistas. Pero aun existía un tercer tipo: eran las compuestas por los hombres que tenían pendientes cuentas pendientes con la ley y que, terminada la guerra, no quisieron acogerse a los indultos que se impartieron con largueza. Entre regresar a unas tierras pobres para trabajarlas sin fruto y vivir la aventura de la partida, eligieron el segundo camino. Era más productivo vivir sobre el terreno, al margen de la ley. Así surgió la imagen del bandolero romántico, el mítico ladrón de ricos que luego repartía su propina entre los necesitados. Un ser al que también el romanticismo se encargaría de ensalzar. Como romántico fue también el rápido desgajarse de las tierras españolas del otro lado del océano.

En menos de veinte años las colonias americanas, conscientes de haber alcanzado la madurez que les permitiría en adelante regirse por sí solas, se independizan una tras otra. Dos periodos se distinguen claramente en el proceso de la emancipación americana; a lo largo del primero el pueblo y las juntas revolucionarias abren el camino a la independencia, sin que la lejana España, enzarzada en lucha a muerte por su propia independencia, pueda hacer nada por impedirlo. A partir de 1814, el rey y sus gobiernos intentan detener el proceso que se ha iniciado en las colonias. Son los años de las grandes gestas y de los grandes héroes: San Martín, Bolívar, Morelos. Los gritos de independencia resuenan por todo el continente.

El Romanticismo invade todos los aspectos de la vida nacional. Cadalso, el precursor casi desconocido de un sentimiento que ahora es moda, estará presente a través de sucesivas ediciones de sus Noches Lúgubres. El cementerio, la muerte por un ideal, el amor desgraciado y creador al mismo tiempo, la buena estrella y la lucha por la libertad son en el mundo romántico realidades tangibles mucho más que símbolos abstractos. Es un mundo con sentimientos a flor de piel que gobernarán todas las manifestaciones de la vida de los hombres, incluso su muerte.

El campo, por obra de las partidas y los bandoleros es un lugar inseguro para viajar en aquellas diligencias que eran el único medio de transporte. Los gobiernos, para paliar estos peligros y para impedir en lo posible el auge de las partidas, comenzó a exigir la posesión de un pasaporte a todos aquellos que se alejasen más de cinco leguas de los centros urbanos. Este hecho tenía que desgajar dos aspectos de la vida nacional: el hombre del campo era, cada vez más, ajeno al hombre de la ciudad. Este distanciamiento cada vez más profundo se unía a la cada vez más profunda pugna entre tendencias liberales y absolutistas.

El mundo de los salones albergaba tensiones políticas y en esas reuniones entre música y tules, entre espejos y figurillas de porcelana se fraguaba el destino inmediato de la nación. El rey a través de un gobierno personal y fiado únicamente en camarillas se cuidaba de fomentar esas diferencias, que día a día tendían a resolverse en un conflicto armado. Sólo hacía falta la chispa que encenciera la mecha de la guerra.

Y esa chispa surgió cuando el rey, viudo ya anteriormente de Bárbara de Braganza, enviudaba nuevamente y también sin sucesión de su nueva esposa, María Amalia de Sajonia. La sucesión exigía un nuevo matrimonio, y Fernando VII elegía a María Cristina, hija de Francisco I Dos Sicilias. Para muchos el nuevo matrimonio significaba la esperanza de que por fin un heredero terminase con las amenazas ya claras de conflictos armados a escala nacional. Pero poco tiempo después, la nueva reina daba a luz una hija, la princesa Isabel, y el rey Fernando VII ponía inmediatamente en vigor la Pragmática Sanción que había promulgado su padre Carlos IV en 1789 y que nunca había tomado artículo de ley. La Pragmática Sanción anulaba la Ley Sálica, por la que se habían regido los monarcas de la casa de Borbón. Aquella ley, siguiendo la tradición francesa negaba a las mujeres todo derecho a acceder al trono. La reforma de Carlos IV, hecha ley por el rey Fernando, permitía ahora que las hembras reinasen y automáticamente negaba acceso al trono al infante Carlos María Isidro, hermano del rey y su inmediato sucesor de acuerdo con la ley derogada. Muy pocos años después de estos hechos el rey Fernando se moría en el Palacio del Pardo y, con su muerte, España quedaba mucho más profundamente dividida de lo que había estado durante su vida. En torno a la reina niña y a la reina gobernadora se agrupaban ahora las fuerzas liberales, la burguesía ciudadana y los políticos moderados.

Junto al pretendiente Carlos se apiñaban los políticos absolutistas, una parte importante del campesinado del norte y de levante y las partidas de guerrilleros apostólicos. Un núcleo de fuerzas considerables que se llamaron desde ese instante carlistas y que han pervivido hasta nuestros días.

¿Qué eran los carlistas? Oigamos lo que dice de ellos un partidiario convencido, Román Oyarzun:

"Dicen que en el llamado partido carlista existen tres matices: el de los legitimistas, el de los absolutistas, y el de los teocráticos, también llamados apostólicos. Acaso fuera más acertado decir que cada carlista contenía mezcladas en su espíritu esas tres tendencias predominando el amor a la legitimidad unido a un profundo amor a la religión católica sobre el ideal absolutista y teocrático".

El infante Carlos se proclamaba sin paliativos único descendiente legítimo del trono de España.

"Yo no deseo ser rey, por el contrario, desearía desembarazarme de una carga tan pesada que reconozco superior a mis fuerzas. Pero Dios, que me ha colocado en esta situación, me asistirá."

"-Entonces, Vuestra Alteza, ¿quiere provocar la guerra civil?

-No soy yo quien quiere la guerra civil. Sois vosotros ya que os obstináis en sostener una causa injusta."

Desde 1833 el conflicto era de guerra abierta. Durante siete años en el norte de España y una parte considerable de us zonas catalana y valenciana se vieron asoladas por una salvaje cotienda, casi medieval. Una guerra de aceifas y de ciudades amuralladas, una guerra de emboscasdas sin cuartel, una guerra donde más que un simple conflicto dinástico parecía dirimirse el enfrentamiento a muerte de dos mundos antagónicos, de dos épocas diferentes, distanciadas por siglos y extrañamente encontradas en el campo de batalla. Ciudades y pueblos de Navarra y las Vascongadas utilizaron por última vez en la historia la proteción de sus antiguas murallas. La muralla y el cañón eran todo un símbolo del enfrentamiento temporal de las dos ideologías en pugna.

Esta ciudad es Estella. Estella fue corte y cuna del carlismo. En sus viejas calles, en sus campanarios, en los recuerdos medievales que surgen al paso está presente todo el contenido de una ideología que pugnó por resurgir y vencer. Estella es la representación plástica de la idea carlista. Es el mundo anacrónico que se mantiene extrañamente vivo en el pasado, sumergido en un universo cambiante cuya existencia se niega a reconocer y a aceptar.

"La verdera sensatez consiste en no transigir con la revolución, en no satisfacer las desmesuradas exigencias del insolente populacho, en reprimir el fatal espíritu de innovación en este siglo presuntuoso."

Por la misma época en que este manifiesto carlista era seguido al pie de la letra por sus partidiarios, Espronceda escribía en El Español:

"La igualdad significa que cada hombre tiene una misión especial que llenar según su organización intelectual y moral, y que no debe encontrar trabas que le detengan en su marcha, ni privilegio que delante de él ponga nombres que nada valieran sin ellos. Significa, en fin, que todo sea igual para todos, y que la facilidad o dificultad de su merecer esté en razón de la igualdad o desigualdad de las capacidades, y no de los obstáculos que antiguos abusos o errores perjudiciales establecieron."

La guerra sin cuartel se declaraba abiertamente como una guerra del tiempo, un conflicto sangriento entre la ideología más tradicional y las nuevas corrientes del pensamiento. Las posiciones ideológicas eran reconocidas por ambas partes, hasta el punto de ser notoria la frase que el general Guergué pronunció ante el pretendiente Don Carlos:

"Señor, nosotros, los brutos, llevaremos a Vuestra Majestad hasta Madrid."

Pero la guerra, cualquier guerra cualquiera que sea su signo está hecha por hombres y estos hombres, al margen de su ideología, pueden ser capaces de alcanzar las más altas cimas del valor. Veamos como Galdós, tan alejado de la ideología carlista, describía a su más valiosos general, Zumalacárregui:

"Su honradez era tan grande como su talento militar. Al rey que proclamó la idea monárquica pura a la que pertenecía y ajustando su conducta a un proceder de línea recta por nada del mundo de ella se desviaba. A esta excelsa cualidad se unía otra, la de no tener ambición política, virtud rara en los militares de su tiempo de uno y otro bando."

Zumalacárregui moría en 1835 en el sitio de Bilbao. Toda su fortuna cuando le hirieron eran doce onzas que regaló a quienes le llevaban en hombros.

En Cataluña defendía la causa carlista un fraile, a imagen de aquel cura Merino de la Guerra de la Independencia. Y un viajero extranjero, Lord Carlnaton, le veía así con ojos románticos aunque conscientes de su propia exageración:

"El invulnerable trapense con su caballo negro como el carbón lleva en una mano bien alto el crucifijo y golpea con la otra los rebeldes contra la Iglesia y la corona, mientras que invisibles tropas celestiales le defienden la cabeza contra todos los peligros y el cielo mismo dirige los golpes que él asesta."

En el interior de la región valenciana, en la zona más agreste de la comarca montañosa de Castellón, en el Maestrazgo, operaba otro caudillo carlista de gran renombre, Ramón Cabrera. Agustín Nogueras habla así de él:

"Jamás he visto más decisión, valor y capacidad. No es posible que las tropas de Napoleón hayan hecho nunca ni podido hacer una retirada por un llano de cuatro horas con tanto orden. Si a Cabrera no se le corta el vuelo, dará mucho que hacer a la causa de la libertad."

Si tenemos en cuenta que quien escribía esto era precisamente el brigadier cristino encargado de combatirle difícilmente podríamos encontrar mayor elogio de aquel cabecilla que tuvo el mérito, pobre mérito guerrero pero mérito al fin y al cabo, de convertir una serie de partidas dispersas y anárquicas en aquella comarca valenciana en un auténtico ejército regular. La guerra carlista registró en el Maestrazgo una mayor crueldad que en las comarcas norteñas. Habría que tener en cuenta que el Maestrazgo es zona montaraz, que los pueblos distan entre sí enormes distancias de sierras y llanos hirsutos, que la tierra es pobre, que sus hombres entonces como ahora, están acostumbrados a sufrir penalidades e inclemencias que les han endurecido. Esa dureza de los hombres y de la tierra se proyectó sobre la guerra.

Los pueblos eran incendiados, los prisioneros, cualquiera que fuera su edad o condición, eran inmediatamente fusilados. El mismo brigadier Nogueras mandaba ejecutar a la madre del cabecilla Cabrera. Y el que fue llamado el Tigre del Maestrazgo, al conocer la noticia, sintió acrecentarse su crueldad y convirtió la guerra del Maestrazgo en una de las páginas más crueles de la historia de España. La guerra pasó por Morella, como pasó por todos los pueblos del Maestrazgo, pero Morella, con sus murallas que la preservan casi milagrosamente del paso del tiempo, constituye para la comarca castellonense, lo que Estella era para Navarra, el enclave ideológico de una forma de vida que se negaba a desaparecer y que defendía su estancamiento temporal contra todos los embates del progreso. Con toda la crueldad que la presidió, la guerra carlista fue el aletazo final del más exacerbado Romanticismo. Era una guerra que jugaba a la muerte más allá del tiempo, una guerra en la que contaban, ¿por qué?, los actos de valor como dignos de ser contados por las gestas de la Edad Media, una guerra en la que contaba el prestigio, y ese prestigio se medía en muertos, ¿por qué? Algunos de aquellos hechos pudieran haber sido en los remotos tiempos de la Reconquista.

Pensemos en aquel general Gómez, que al frente de sus carlistas, recorrió media España en un alarde de valor que, como las aceifas musulmanas de la Edad Media, parecía no tener otro objeto que dar noticia real de su presencia y de su osadía, y eso en unos territorios, La Mancha, Castilla la Nueva, el Norte de Andalucía y media Extremadura que vivían con la guerra ajena a su propia piel. ¿No tiene esta expedición una enorme semejanza con aquella otra llevada a cabo por Alfonso el Batallador tantos siglos antes? La guerra carlista a fuerza de crueldades y muertes e incendios y desolación fue desgastando las fuerzas del país, y al cabo de siete años de contienda, los únicos que habían conquistado un prestigio cierto eran los militares cristinos, militares que iban a ser precisamente los llamados a ser en el inmediato futuro los conductores de los destinos de España, como el defensor heroico de Bilbao, el general Espartero, o el general Narváez.

Madrid, la capital del reino, sólo sintió cerca la guerra en una ocasión, cuando el pretendiente Don Carlos llegó en 1837 hasta el vecino pueblo de Arganda. Aquella vez y sólo aquella se sembró la inquietud entre la población, y la misma reina gobernadora salió en compañía de la reina niña para dar ánimos con su presencia a las tropas cristinas que iban a defender Madrid. Si exceptuamos esa tardía y breve ocasión, podríamos asegurar que Madrid siguió a lo largo de toda la guerra su vida perfectamente normal. Era el centro de las actividades sociales y políticas de la nación.

El arte se desarrollaba ajeno a las muertes en los campos del norte. En 1835, el mismo año en que Zumalacárregui moría en el sitio de Bilbao, se constituía el Ateneo de Madrid. Y en diciembre de ese mismo año era nombrado su presidente un prócer de la nación, el Duque de Rivas. El Ateneo surgía como una fuente de influencia cultural que habría de presidir la vida española por más de un siglo. Un año antes, una epidemia de cólera no había impedido que en las Cortes continuase la pugna entre conservadores y liberales, y que se cimentase la nueva Constitución que sería proclamada en 1837, y que había tenido como miembro activo de su redacción a otro gran romántico, Martínez de la Rosa. Estos años de guerra y de agitación política son también los años en que el Romanticismo se manifiesta en todos los sectores de la vida nacional. Los años en que Espronceda, revolucionario de las letras y de la política, contará la gesta del 2 de mayo de 1808 abandonando la pura exaltación de los héroes para arremeter contra los inhibidos:

"Y vosotros, ¿qué hicisteis entre tanto,
los de espíritu flaco y alta cuna?
¿Derramar como hembras débil llanto?,
¿O adular bajamente a la fortuna?
¿Buscar tras la extranjera bayoneta
seguro a vuestras vidas y muralla?
Y siervos viles a la plebe inquieta
Con baja lengua apellidar canalla."

Son los años de las damas lánguidas de vestidos vaporosos, musas mudas de los escritores que sienten como último ideal alcanzar un amor imposible. Son los años en los que el pasado ruinoso es cantado con nostalgia y sentido en lo más profundo del espíritu. Es un pasado convertido ya en ruinas que se desmoronan ante el nuevo mundo que está surgiendo. Son los años de las reuniones literarias y políticas en los salones de la alta burguesía, los años en los que el bandolerismo romántico dará sus últimos aletazos en la figura de Luis Candelas, prendido y ajusticiado el mismo año en que el pretendiente Carlos llegaba a las puertas de Madrid:

"Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar"

"Este grito precedido por la lúgubre campanilla tan inmediata y constantamente como sigue la llama al humo y el alma al cuerpo, este grito que implora la piedad religiosa en favor de una parte del ser que va a morir se confunde en el aire con las voces de los que venden y revenden por las calles los géneros de alimento y de vida para los que han de vivir aquel día. No sabemos si algún reo de muerte habrá hecho esta singular observación. Pero debe ser horrible a sus oídos el último grito que ha de oír de la coliflorera que pasa atronando las calles a su lado."

Larra, increíble pintor con la pluma. Casi tan increíble como aquel otro pintor, el sordo genial de Fuendetodos, que habría de ser con su estilo inigualable el inspirador de una buena parte del Romanticismo pictórico español. Sus últimos tiempos alcanzaron la cima de la genialidad y cuando en 1828 moría en Burdeos había ya expresado todo un mundo negro y pesimista que se manifestó como una tremenda explosión de arte, que realizó para su finca de orillas del Manzanares.

La alucinación distorsionada de los Caprichos es un sueño horrible donde los mundos imaginados se mezclan con las pesadillas vividas en el mundo cotidiano. Una mezcla inquietante de fantasía y realismo entrecruzándose e influyéndose mutuamente. Siguiéndole, viviendo su mismo mundo más que imitándole, surgen pintores esperpénticos y desgarrados, como Leonardo Alenza, que desbordó su espíritu en visiones de pesadilla, producto de una imaginación literaria que encontraba su paralelo inmediato en los acontecimientos vitales o artísticos que surgían en torno suyo. El mismo mundo que con ligeras variantes captó otro seguidor de Goya, Eugenio Lucas, buscador incansable de lo insólito en la vida cotidiana. Captador implacable del mínimo ridículo de la escena más seria.